Buzz Lightyear y el mes del orgullo

La semana pasada se estrenó Lightyear, la precuela de Toy Story. Es la película que Andy fue a ver en Toy Story 1, y por la que le regalan el juguete de Buzz. Sí, es la película de la película de la otra película. Se armó alta polémica porque una de las protagonistas está en pareja con otra mujer, tienen un hijo y en una parte de la película se dan un beso, y algunes piensan que esto podría volver lesbiana a toda una generación. Algunas de las repercusiones que tuvo esto fueron:

 

  1. Prohibieron la película en 14 países (incluído Qatar, donde se juega el mundial en unos meses)
  2. Una cadena de cines peruana incluyó una “advertencia” en la venta de entradas diciendo que la película “contiene escenas con ideología de género”
  3. Viviana Canosa se comió alta fake news que decía que la mitad de los personajes de Disney iban a ser de la comunidad LGBTIQ+ e hizo esta editorial 
  4. Internet se llenó de memes 
  5. Millones de niñas se hicieron lesbianas luego de ver la película (no, obvio que eso no pasó)

 

 

¿Por qué es importante que se amplie la representación en películas infantiles?

 

Gilma Vieira, coordinadora de Es Con ESI y de la Red de Juventudes Afrodescendientes de America Latina y el Caribe, e integrante del colectivo LGBTIQ+, me dijo: “Creo que Disney avanzó mucho con la temática de la interseccionalidad y representatividad. Cuando era chica las películas de Disney mostraban a todas mujeres blancas, rubias, con ojos claritos. Lightyear me gustó por varias cosas. Alisha es una mujer negra y lesbiana y es uno de los personajes más importantes de la película. Es un proceso de validación y visibilización de que existen las personas afro gays y lesbianas. Una mujer negra, lesbiana y que construye su propia familia.

 

Es un avance que Disney pueda tener personajes de peso que sean afro y LGBTQ+ porque la representación importa. Históricamente las mujeres negras no tuvieron representación, o no estaban en espacios de poder. Que encima sea una mujer lesbiana es un avance y me pone muy contenta que se empiecen a abordar la sexualidad de las personas y la representación de la negritud.”

 

Una batalla que lleva años

 

La representación LGBTQ+ en Pixar brilla por su ausencia: en sus 27 años de historia hay que encontrarla con lupa: en Onward (2020) una policía menciona a su novia, en Toy Story 4 (2019) dos madres abrazan a su hijo en la puerta de un jardín de infantes y hay interpretaciones de que en Buscando a Dory (2016) hay una escena donde aparece una pareja de mujeres, pero ni están todes de acuerdo. Y pará de contar.

 

“Tinker Belles and Evil Queens” es un libro que analiza la historia de la representación LGBTQ+ en Disney, y denuncia que a partir de los años 40’ y durante cinco décadas todos los personajes queer eran villanos y monstruos. Pero esto viene cambiando: hace ya muchos años que hay presión sobre los estudios para mejorar la representación de personajes LGBTQ+ en el cine, y en el 2017 la reversión de La Bella y la Bestia incluyó al primer personaje abiertamente gay de la historia de Disney.

 

 

La pelea por la representación se da desde adentro de la misma empresa. Disney fue muy criticada por sus propios empleados por su falta de cuestionamientos a la ley “don’t say gay”. Esta legislación se aprobó a principios de año, y persigue la ESI con perspectiva de género y diversidad (ellos le dicen “ideología de género”) en las escuelas de Florida, donde están los parques de Disney. Se armó tanto revuelo que el mismo CEO tuvo que pedir disculpas, suspendieron las donaciones al partido republicano y donaron 5 millones de dólares a organizaciones LGBTQ+.

 

Más o menos al mismo tiempo empleades de la empresa difundieron una carta pública denunciando que la escena del beso de Lightyear había sido borrada. La presión ejercida fue tanta que el estudio la tuvo que volver a incluir (y bueno, al final se armó alto bondi). Pero los motivos para censurar escenas con contenido LGBTQ+ son más económicos que ideológicos: existen muchos países con políticas de censura muy complicadas y las empresas no quieren perder mercados (China y Rusia, por ejemplo).

 

En respuesta, existe una corriente de militancia que busca visibilizar el “pink money”, o el poder de compra de la comunidad LGBTQ+. Según la consultora LGBT Capital, representa aproximadamente 480 millones de personas alrededor del mundo, con un poder de compra de 3,9 BILLONES de dólares anuales. 10 veces el PBI Argentino. Si no se le puede ganar a las empresas la batalla cultural, al menos dar la batalla económica.

 

Los logos y el mes del orgullo

 

Cada vez más, durante junio, las marcas cambian sus logos para incluir los colores de la bandera del orgullo. Le pregunté a Martina Ansardi, activista trans, consultora en diversidad y Directora de Contratá Trans qué opinaba de esta tendencia y me dijo: 

 

“No conozco persona trans que no se ría de esa acción, sea o no activista. Incluso diría que quedó estigmatizada, porque hay empresas que lo hacen con buena intención y tienen por detrás un montón de acciones que reafirman su imagen multicolor. Creo que hay un montón de acciones mucho más inteligentes y más estratégicas. Quien no conoce lo que la empresa hace por detrás piensa que están haciendo pinkwashing. Es una acción que perjudica si no viene acompañada de acciones que cuenten qué es lo que hace esa compañía por la diversidad. 

 

Sobre todo queda vacío cuando durante los otros 11 meses del año no vuelven a abordar la temática. Y no pretendemos que todo el año se hable del colectivo LGTB, pero sí que todo el año la comunicación de la empresa sea una comunicación inclusiva y que respete todas las identidades, todas las sexualidades, todas las elecciones de vida. 

 

Y es importante que esto se transmita a la cadena de valor de la empresa. No es sólamente asegurarnos de que nuestra organización, puertas para adentro, tenga espacios inclusivos. El verdadero impacto está en poner esta mirada como un código corporativo para todo. Esa es la verdadera bandera que hay que levantar: no ser tolerantes con los intolerantes, y no cerrar tratos con ellos. Porque los intolerantes son quienes cometieron las mayores injusticias de este mundo. Entonces ¿qué mejor bandera de la diversidad que aplicar esas políticas para siempre, todos los meses del año?”

 

Esta tendencia también cristaliza diferencias a nivel global: todavía hay 67 países que criminalizan los actos sexuales entre personas del mismo sexo. Mientras que muchas marcas eligen cambiar sus logos en los países occidentales, fingen demencia en países donde la comunidad LGBTQ+ es perseguida legalmente. 

 

 

La lectura fácil sería acusar al mundo árabe de incivilizado, o a las empresas de hipócritas. Pero la realidad es mucho más compleja. Intentar comprender el mundo desde las disputas políticas y culturales de nuestros propios países puede resultar un poco etnocéntrico y descontextualizado. La globalización de los consumos culturales es cada vez más fuerte, y este tipo de disputas trae un riesgo muy grande. La cultura LGBTQ+ no es igual en todos los contextos, y querer agarrar tendencias nacidas en países centrales (como cambiar el logo de color) e imponerlas en todo el mundo puede reforzar la idea de que los avances en diversidad e igualdad de género forman parte de una “agenda yanki occidental” que amenaza los valores de otras comunidades. Las personas gays, bisexuales, lesbianas, trans y otras identidades existen en todo el mundo. Y en algunos países son perseguidos y perseguidas políticamente, y eso requiere de nuestra solidaridad internacional. Pero (sí, hay un pero) impulsar estos cambios desde una posición de superioridad moral e imposición cultural sólo refuerza las posiciones más conservadoras. En definitiva, lo que se tiene que transformar son las leyes y las instituciones. Porque un logo de colores, por sí mismo, nunca salvó a nadie. 

 

 

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Manu

Manu Aguilera

Manu Aguilera

Director Ejecutivo y Cofundador de Impacto Digital

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